El diablo en la cultura

La figura del diablo acompaña al mundo occidental desde hace milenios. El Antiguo y Nuevo Testamento lo mencionan, como un ser sobrenatural, maligno y tentador de los hombres, algo que se extiende a diversas culturas y lecturas, pasando a trascender a través de la vieja contienda entre el bien y el mal.

En «Historia del diablo», de Robert Muchembled, se explora la imagen del diablo y de las figuras del Mal en la civilización occidental desde el siglo XII en adelante.

No se trata de solo de la historia del diablo, sino un análisis sobre la representación del mal y su relación con las más diversas manifestaciones en la cultura, desde la literatura al cómic.

El autor no se queda solo en la imagen de Lucifer y su entrada en escena en nuestra cultura. Continúa explorando el aspecto más íntimo de Satanás: el de la bestia que aloja en el alma del pecador según las iglesias de la Edad Media, para avanzar hacia la cacería de brujas por parte de la Inquisición. Muchembled enfatiza de qué manera en todos los sectores del conocimiento y la vida social se redefine la la naturaleza femenina en paralelo con el proceso inquisidor, relacionando en las más diversas ocasiones a la mujer con el pecado.

Es el siglo de las luces y el movimiento cultural e intelectual fruto del mismo, el que marcará de alguna manera el declive del diablo. Y es un declive, porque en opinión del autor, la representación imaginaria occidental no se libró bruscamente de esta figura, sino que «pierde lenta e insensiblemente su soberbia en una Europa que atravesaba una mutación profunda».

Especial interés reviste el último capítulo, en donde podemos observar el imaginario diabólico actual, desde el cine, la publicidad, la literatura y tantas manifestaciones que pasan por nuestros ojos y oídos día a día. Porque no olvidemos que, como dice el personaje Verbal Kint en la gran película Los sospechosos de siempre, «El mejor truco del Diablo fue convencer al mundo de que no existía»… recordemos eso sí, que la frase el guionista se la robó al poeta francés Charles Baudelaire.