Mi deuda de 20 años con Kundera

A fines de los 90, yo vivía en calle Miraflores a metros de la esquina con Huérfanos, en el centro. Caminaba todos los días hacia la redacción remota del diario El Mercurio situada en Bandera con Huérfanos. Y en la tarde, tras la jornada de reporteo, lo hacía de vuelta, a paso tranquilo. Casi, como de paseo.

Haciendo ese camino cotidiano, en un local vecino al entonces incombustible Cine Lido, descubrí la Librería Chilena. Fue como encontrar el paraíso en pocos metros cuadrados, con estantes repletos y unas mesas centrales con libros apilados, de todo tipo,muchos de ellos en oferta.

La librería se transformó así en una escala frecuente en mi camino de ida y vuelta al diario. Más de alguna vez salí sin nada en las manos, pero con la idea clara de los libros que compraría a fines de mes, cuando Gardel entonara su dulce canto. Insisto en que era el paraíso para mí.

En una de esas visitas di con «La insoportable levedad del ser» de Milan Kundera, publicado en 1984. Tenía tapas duras y pertenecía a la colección Narrativa Actual de RBA Editores. No era una mala edición y ya antes había comprado «Lolita», de Nabokov, que era de la misma colección. Tras un vistazo al resumen, lo compré sin darle muchas vueltas.

Confieso que Kundera no me sonaba mucho en ese tiempo.Tenía más bien el recuerdo de la adaptación al cine, que no vi. Protagonizada por Juliette Binoche, Daniel Day-Lewis y Lena Olin, la película estrenada en 1988 no sólo tuvo buena recepción de la crítica, sino que recibió un par de nominaciones al Oscar y un Premio BAFTA al mejor guión adaptado.

Inicié la lectura un par de días después de la compra y no pasé de la primera hoja. Sin haber llegado aún al primer encuentro de Tomás y Teresa, el libro se fue directo a un estante. Ahí estuvo por más de 20 años, flanqueado por «Las ninfas» de Francisco Umbral y «La canción del verdugo» de Norman Mailer, sin más movimientos que un par de mudanzas y uno que otro cambio de orden producto de la limpieza.

Más de alguna vez tuve la intención de leerlo, pero al final me decidía por otro, casi siempre un libro «recién llegado». Hace unas semanas, sin embargo, y luego de haber terminado «La analfabeta que era un genio con los números», del sueco Jonas Jonasson, decidí saldar mi deuda con Kundera, aunque tenía otros títulos en espera.

Así me he ido adentrando en esta historia de amor triangular, marcada por dudas existenciales y conflictos afectivos, que el autor ambientó en Praga, en la Checoslovaquia de 1968, en plena Guerra Fría. Reconozco que me ha costado ponerme al día con Kundera y al paso que voy, creo que terminaré pagando esta deuda en cuotas.

Nada raro en estos tiempos.