«Nuestra piel muerta» de Natalia García Freire

Reseña de Martín Parra Olave | Magíster en Letras |

Si en algunas novelas y cuentos lo animal es lo que se funde con lo humano, en este trabajo de la narradora ecuatoriana son los insectos los que se constituyen como una presencia ineludible.  Lucas ha regresado a la casa familiar desde que fue vendido como  un esclavo, luego que a su madre la declararan injustamente loca.  El cuerpo de su padre yace enterrado en el patio, mientras su hijo observa desde la ventana, como un bicho, a los forasteros que se han quedado con su hogar. El regreso es parte de la transformación, de la metamorfosis que él mismo observa en la larva que se convierte en mosca, un regreso que al principio no sabe bien por qué se produce, pero que poco a poco  comienza a comprender. Es el retorno del ángel desterrado, que está dispuesto a construir un reino de artrópodos que le permita recuperar lo que le fue arrebatado.

Natalia García Freire (Cuenca, 1991), construye una historia envolvente y llena de dolor, con sujetos subyugados por una violenta tradición cultural, donde las voces de las mujeres, los niños y los más débiles siempre están desplazadas y sometidas a la hegemonía masculina, por un lado, y a las abyectas normas religiosas por otro. A pesar que la narración está ambientada en un mundo rural no especificado, su lectura se hace muy actual, pues en tiempos de pandemia pareciera reflotar el eje central  de la biopolítica: la distinción entre vidas a proteger y vidas a abandonar. Una lectura necesaria para una época llena de transformaciones y giros.

«Nuestra piel muerta», Editorial La Navaja, publicado en 2019, 151 páginas.