Rojas Jiménez a 90 años de «Chilenos en París»

Más de alguien lo conoce solo de oídas. O por los versos de Neruda a su compañero de generación y amigo.

«Vienes volando, solo solitario,
solo entre muertos, para siempre solo,
vienes volando sin sombra y sin nombre,
sin azúcar, sin boca, sin rosales,
vienes volando»

Esta es la estrofa final de Alberto Rojas Giménez viene volando, poema de Pablo Neruda, dedicado a a este poeta, cronista y dibujante chileno muerto a los 34 años, nacido en 1900 y cuyo único libro, «Chilenos en París», cumple 90 años de publicación. Pese a solo publicar un libro, su aporte a la literatura nacional quedó a la vista en revistas y diarios nacionales, por lo cual ha sido objeto de recopilaciones con posterioridad a su muerte.

Perteneció a la generación literaria de 1920, lo cual merece detenerse un momento para comentar sobre una injusticia. En efecto, los convulsionados años de esa década, la partida prematura de algunas de sus figuras -como el mismo Rojas Jiménez o Joaquín Cifuentes- y la descollante figura de Neruda, quien pertenecía a esta generación al alero del Instituto Pedagógico y la bohemia santiaguina, condenaron a este grupo inmerecidamente a un injusto olvido.

«La vida no está en nuestras manos,
está en nuestros sueños
«

Alberto Rojas Jiménez, de quien son estos versos, fue un dibujante influenciado por Chagall y viajó a París en 1923, donde se dedicó a hacer caricaturas en Montparnasse. Su libro «Chilenos en París», publicado en abril de 1930, contiene una serie de crónicas sobre personajes como Vicente Huidobro, Óscar Fábres, Abelardo Bustamante, así como diversas vivencias del autor.

Si quiere conocer más de este cronista, le recomiendo «Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba», recopilación de Oreste Plath publicada en 1994.

Su muerte es reflejo de la bohemia de la época. Tras una noche de comida y bebida, conminado a pagar, deja o debe dejar -está la duda- su abrigo en el restaurante a modo de pago. Afuera llueve a cántaros, por lo cual tras la caminata a su hogar se enferma de bronconeumonía y muere.

Nos despedimos con su poesía, No encendáis las lámparas…

No encendáis las lámparas
ni me llaméis.
Dejadme aquí sin luces.
Mi alma está mejor en la penumbra.

Ved cómo la sombra maravillosa
envuelve mi frente.
Mirad mis manos,
mirad mi aspecto dulce
y que os oiga decir:
«Dejadlo está soñando,
dejadlo solo, allí sin lumbre».