1968. Suicidio de Pablo de Rokha

Pablo de Rokha, uno de los grandes de la poesía chilena, se suicida un 10 de septiembre de 1968. No entraremos ni en sus polémicas con otros poetas -que ya son demasiado famosas- ni en las injusticias respecto de su obra -que ya han sido recalcadas-. Decir que era un volcán o un toro furioso también está dicho.

Pero vale la pena reiterar: Pablo de Rokha era rebeldía pura. De roca. Y consideraba a la literatura una herramienta de lucha y compromiso, destacando un permanente canto social, a las costumbres, oficios o comidas de Chile. Una muestra en este fragmento de «Epitafio en la tumba de Juan, el carpintero»

«Aquí Yace «Juan, el carpintero»; vivió setenta y tres años sobre la tierra, pobremente, vio grandes a sus nietos menores y amó, amó, amó su oficio con la honorabilidad del hombre decente, odió a la capitalista imbécil y al peón canalla, vil o utilitario; -juzgaba a los demás según el espíritu-«.

A propósito de los premios y las frases de sus premiados vale la pena recordar lo que dijo al momento de ganar el Premio Nacional de LIteratura de 1965. A esa altura su amada Winétt había muerto y su hijo Carlos se había suicidado. “Mis impresiones en este momento son contradictorias. Cuando vivía Winétt, mi mujer, y también mi hijo Carlos, antes de que la familia se destrozara, este galardón me habría embargado de un regocijo tan inmenso, infinitamente superior a la emoción que siento en este momento. Hoy para un hombre viejo, este reconocimiento nacional, que indudablemente me emociona, no puede tener la misma trascendencia”.

En opinión de muchos, Pablo de Rokha ya había empezado a morir con el fallecimiento de su mujer y su hijo. El dolor de la muerte de Winétt quedo plasmado en Fuego Negro. Es por eso que destacamos, en esta efeméride, el llanto del autor que se puede sentir en su lectura, así como la rabia y amor:

«Adentro de un arco de llanto, que ningún ser humano ya jamás mirará, yo, borrado, acu­chillado, con la lengua quemada por el ancestro del mundo, y el grito inútil, como adentro del pellejo universal, te seguiré lla­mando: viejo, ruinoso, muerto, sin cabeza, sin corazón, sin pupilas, hundido en lo infinito del infinito, y en el hoyo tremendamente hon­do de lo irreparabilísimo, que rodea la gran soledad catastrófica con que me va a saludar tu actitud deshecha cuando me acueste, can­sado de estar cansado de cansancio, a todo lo largo y lo ancho de tus riberas irremediables, despedazado en la memoria de las siglas, con­tigo y los hijos y las hijas y los nietos y las nietas y los padres y las madres, te seguiré llamando; caídos los vestigios y desapareci­do, hundido y perdido definitivamente en las tinieblas de la materia que únicamente, álgi­damente, horridamente alumbra cuando engendra, como un eco, un individuo, en aquel instante inmemorable en que no he de ser ni una sombra de una sombra, te seguiré llamando, y te seguiré llamando por los siglos de los siglos de los siglos, desde la eternidad vacía, hacia la eternidad vacía, te seguiré llamando … aprendí a escribir adorándote, can­tándote, idolatrándote, y hoy lanzo pedazos del mundo hecho pedazos, a tu memoria, tron­chado y desde abajo, por adentro de un montón de escombros, entre la sociedad que se derrumba, agonizando, y los pequeños cha­cales hambrientos, que aúllan en el gran crepúsculo, en el cual todo está roto y no tie­ne sentido, todo está roto, todo está roto, y por cuyo abismo se levantan las hachas y las horcas, entre las llamas amargas, desaforadas de las últimas catástrofes, con un gran cintu­rón de terremotos y de cataclismos; ahora la aurora no volverá a asomar más, y los mun­dos oscuros, entrechocándose, rodarán, conmigo adentro, a la soledad enfurecida»