«El verbo J» de Claudia Hernández

Reseña de Martín Parra Olave | Magíster en Literatura |

La historia de J podría ser la historia de una rata, cuya vida entera debe estar luchando por sobrevivir, escondida, buscando la felicidad en las penumbras. «Está en el sitio equivocado», se lee en el primer párrafo que abre la novela. Cuando la diferencia con los otros es una maldición y una condena, la vida se transforma en un sufrimiento permanente.

La homosexualidad es considerada una distorsión y una ofensa, por lo tanto su ejercicio público es castigado de forma violenta. Y esta agresión comienza en el hogar donde el primero en rechazar al hijo distinto es el padre, «mi padre sacó la pistola que usaba en su trabajo, me llamó Hijo de la gran puta, me la puso en la cara y dijo Te voy a matar».   En esta frase se condensa la violencia que permanentemente se ejerce sobre el otro que es diferente.

La heterosexualidad del padre es una postura política y social dominante, que siente el deber y obligación de atacar la disidencia, aunque esta se manifieste en el cuerpo de uno de sus hijos. No es solamente a través del discurso que se expresa la oposición, sino que además, hay actos de la máxima violencia que se encargan de castigar al otro. La última novela de Claudia Hernández (San Salvador, 1975), nos da cuenta del doloroso camino que deben recorrer aquellos que aman a personas de su mismo sexo, y que permanentemente ocultan sus sentimientos.

Primero el rechazo se produce en la familia, que supone el espacio seguro, pero que en la práctica se presenta como un campo de tortura, donde la violencia aniquiladora del poder heterosexual se ejecuta como un permanente castigo. Al padre, «le molestaba, como a los hombres de las fábricas de petardos, que mis movimientos fueran más femeninos que los de mis hermanas».  Y la madre, quien al principio lo salva de las manos de su padre, también termina por violentarlo, «cuando regresé al final de la tarde a la casa, mi madre perdió el control cuando me vio, me pegó fuerte fuerte y lo quemó frente a mí. Me dijo El rosa no es para hombres». Sin embargo, la agresión y violencia que se ejerce sobre este muchacho está presente también en la escuela, espacio donde debe soportar el enojo y maltrato de sus compañeros, quienes se encargan de golpearlo hasta dejarlo tirado en el suelo. Formas culturales y sociales encargadas de sancionar o permitir la exhibición de ciertas sexualidades, las que en este caso censuran por ser distintas.

En este sentido, el lugar de la diferencia queda absolutamente debilitado, teniendo como única alternativa la salida del hogar. Sin embargo, este autoexilio no es suficiente, pues cuando deja su país comienza un doloroso deambular. La búsqueda del espacio, del territorio donde pueda ser feliz es un camino sin fin. Durante el día debe disimular, no puede ser absolutamente natural con sus gestualidades y expresiones, por el contrario, y solamente bajo el manto de la noche, puede ser tal cual es. Es a raíz de esta configuración sistémica y cultural, que las comunidades donde llega sufre el rechazo y la violencia más profunda.

Sin embargo, el trabajo de Hernández no termina en este único tema, sino que de pasada se encarga de mostrar la penosa realidad de los jóvenes que son raptados y encarcelados en casas de pedófilos, que los convierten en sus esclavos sexuales. La lectura de la novela  es un recorrido por el tortuoso camino de la diferencia sexual, cuyo posicionamiento en la sociedad es una constante batalla, que comienza en el seno familiar y no termina de posicionarse jamás.

 “El verbo J”, Editorial La Pollera ediciones, publicado en 2019, 182 páginas.