«Dos hermanas» y la ingobernabilidad del corazón

David Foenkinos no deja de sorprender. Quizás es una de sus principales cualidades. En su nueva novela, «Dos Hermanas», da directamente un puñetazo en el estómago al amor filial y al amor para siempre.

Parecen dos novelas cortas o cuentos largos -escoja usted- indisolublemente unidos por los protagonistas, pero separados por el tono, el carácter, y sus desenlaces. Me quedo con el comentario de Joël Dicker: «Me gusta mucho Foenkinos, porque se sale de lo convencional y es capaz de reinventarse a sí mismo con cada libro».

Asistimos al derrumbe de Mathilde. En síntesis, una profesora de literatura que es abandonada por su pareja de un momento a otro y que provoca un punto de quiebre a las pocas páginas de la novela, después de lo cual su lectura se asemeja a un tobogán por el cual vamos asistiendo a la caída de un personaje que se deteriora página a página con el lector.

En la segunda parte, cuento largo o novela corta, Foenkinos se dedica a una nueva caída libre de su personaje, en el marco de una oscuridad que nos mantiene a la expectativa si Mathilde será envuelta o no por el manto de deterioro que la acosa.

La construcción de lazos, la destrucción de los mismos, hasta dónde puede y debe llegar la curiosidad respecto de las relaciones o las vidas de los otros, son parte importante de la novela.

La capacidad de cicatrizar el amor, también. Recordemos que Alejandro Jodorowsky dice que «la herida del amor fracasado no cicatriza», o que Teresa Wilms Montt nos planteaba que «el tiempo pasa, y su bálsamo de nieve no cicatriza mis llagas de fuego». Foenkinos se lanza por este carril, cuya ausencia de bálsamo o vendaje provoca que la herida permanezca a lo largo del relato.

«El corazón ajeno es un reino ingobernable», reza la contratapa de la novela de Editorial Alfaguara. «Dos hermanas» se aventura en responder que el corazón propio también lo es. Por lo menos para Mathilde.