Mirando el vacío

Mirando el vacío
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Cuento de Patricio Reyes H.

I

-Mi primer trabajo fue una experiencia memorable, que siempre atesoraré con cariño y gratitud por lo que pude aprender de mis jefes en ese lugar -aseguró una candidata, intentando parecer convincente.

-Por el recibimiento que me dieron mis jefes, mi primer trabajo me dejó hasta el día de hoy con la impresión de haber pertenecido a una gran familia -comentó otra, antes de ponerse a carraspear.

-Todo lo que soy actualmente se lo debo a lo que aprendí de mis jefes en mi primer trabajo -agregó una tercera, desviando la mirada mientras asentía.

            La encargada de entrevistar asentía con mirada atenta, acaso confiada en que ésa podía ser la mejor manera de disimular sus ganas de vomitar mientras escuchaba esas palabras, en tanto a su lado sus asistentes tomaban nota con tanta dedicación como esas personas que atienden su celular para evitar mirar a los demás.

            Mientras el resto de las candidatas esperaba su turno para intervenir, Catalina parecía como distraída en un mundo de recuerdos y ensoñaciones. Ella solía distraerse en los momentos más inesperados, como cuando le preguntaban la edad por ejemplo, o cuando estaba en la fila esperando el turno para votar. Una vez incluso se había distraído mientras estaba haciendo el amor con una pareja, lo que resultó un verdadero bochorno.

            Su primer trabajo había transcurrido más de una década atrás, cuando ella apenas sobrepasaba los veinte, en un laboratorio de cosméticos de oscuro anonimato ubicado en una callejuela a pasos de Matucana, cerca de la Quinta Normal. Había llegado a principios de junio a reemplazar una secretaria que llevaba meses con licencia y que nunca se molestaría en regresar. En parte por eso, por su edad y por cualquier otro motivo, en el laboratorio al principio le pagaron menos del mínimo, al considerarla una secretaria en práctica; más adelante, cuando la contrataron de manera definitiva, entonces sí le pagaron el mínimo. De cualquier modo, en esa época ella arrendaba una pieza en una vieja casona cerca de Compañía, a cuadras del San Juan de Dios y no muy lejos de una funeraria, así que esa composición de lugar, como dicen por ahí, bien pudo haber sido premonitoria.

            Su jefe en el laboratorio era el gerente de ventas, aunque llamarlo jefe o gerente aún le causaba cierta sorpresa a Catalina, hasta hacerla distraerse casi, pues ella solía sentarse a su lado al comenzar la jornada, para tomar notas en su reunión matinal con el equipo de vendedores, a quienes él arengaba con encanto y convicción, sólo para encontrarlo a media mañana sentado en su oficina, leyendo el diario y apostando a los caballos. El rumor en voz alta era que cuando abandonaba el laboratorio a mediodía con el pretexto de ir a visitar un potencial cliente, en realidad lo hacía para dirigirse al Club Hípico, allá al otro lado de la Alameda. Más adelante Catalina llegaría a comentar que su jefe parecía un elemento tan característico del laboratorio como el cubre-piso raído o desteñido a causa de las filtraciones de agua, o los marcos de ventanas sin vidrio en algunas de sus dependencias.  En conjunto, todo el lugar le parecería un acabado exponente de los años setenta, en plena época del apagón cultural.

            Aunque se llevaba bien con todo el mundo en el laboratorio, las mejores amistades que Catalina hizo en ese lugar fueron Nelson y Eduvigis. El primero era el mayor de los vendedores, que aventajaba a Catalina en más de tres décadas de edad, así como en experiencias malogradas. Como algún tiempo atrás había perdido buena estrella, dinero y mujer, en ese orden, en la actualidad sólo podía contar con las comisiones producto de sus ventas mínimas, mismas que solía gastarse en las carreras de caballos, además de varios trajes brillosos a causa del uso reiterado y una pieza que arrendaba en una vieja casona en Compañía, a pasos de la Avenida Brasil. Según los otros vendedores, la verdadera razón por qué aún se mantenía en el laboratorio era porque suministraba datos en las carreras al gerente de ventas. Eduvigis en tanto, la secretaria más antigua del laboratorio, estaba separada hacía rato, algo enfadada con la vida, y sólo meses atrás había terminado de pagar su departamento de dos ambientes en un edificio ubicado justo frente a un vértice de la Plaza Yungay. Aunque tenía una mentalidad práctica y rehuía los planes a largo plazo, ella no podía evitar hablar sobre sus deseos para después de jubilarse –pues dentro de poco cumpliría los sesenta-: entonces vendería su departamento para retirarse a vivir en La Serena, antes de venir a instalarse definitivamente en el cementerio de El Totoral, cerca del mar. Mientras tanto, se contentaba con llevar gafas oscuras para el sol, así como sus blancos cabellos atados con un cintillo, lo que le daba todo el aspecto de una antigua estrella de cine -en decadencia, claro. Por su indesmentible atractivo de otrora marchito por el paso de los años, o su afición a evitar las preguntas innecesarias, o porque pese a las estrecheces siempre se las arreglaba para disponer de un pequeño préstamo destinado a emplearse en un dato en las carreras, había el rumor de que ella y Nelson “tenían algo”.

II

            Fue el martes siguiente a Semana Santa cuando el portero del laboratorio les informó a los empleados mientras iban marcando su ingreso esa mañana, que el dueño del laboratorio había fallecido esa misma madrugada, víctima de un infarto fulminante, debido sin duda a las múltiples preocupaciones por mantener andando la empresa.

            Más tarde ese mismo día, a la hora del almuerzo, Catalina, Nelson y Eduvigis hicieron un pequeño aparte en el casino del laboratorio, mientras todo el mundo a su alrededor permanecía cariacontecido, comiendo y hablando en voz baja.

-¿Qué creen que pasará ahora? –preguntó Catalina, con un destello de temor en la mirada.

            Eduvigis se limitó a menear la cabeza con gesto indiferente, mientras Nelson, mirando las espléndidas piernas cruzadas de una colega más joven, se apresuró a afirmar antes de beber de su café:

-Supongo que tarde o temprano va a abrirlas, quiero decir, van a cerrar el laboratorio.

            Seguramente irritada tras escuchar la respuesta que probablemente más temía, Catalina no pudo evitar un tono de desesperación casi cuando a continuación exclamó:

-¡Cómo podrían cerrar y dejarnos a todos en la calle así sin más! Además, no se trata sólo de nosotros, pues hay familias detrás nuestro. Bueno, detrás de ustedes. Quiero decir, detrás del resto.

             Nelson y Eduvigis continuaron con su almuerzo como si nada, hasta que finalmente la segunda, tras terminar de masticar con toda calma ocultando con delicadeza su boca detrás de una servilleta, explicó tranquilamente:

-Sin un dueño capaz de aportar el dinero de los sueldos a fin de mes, ninguna empresa puede funcionar, ¿no?, ni siquiera una como ésta.

-Simplemente es una etapa que se está cerrando. La vida está llena de ellas, de etapas que se abren y se cierran, y ninguna está de más, porque todas aportan un nuevo tipo de experiencia –agregó Nelson con tono distraído mientras dejaba de mirar las piernas de la colega más joven sentada en otra mesa-. Todo en la vida está hecho para brillar sólo unos instantes, niña; el secreto es alcanzar a contemplarlo cuando está en su apogeo. Así pasa con el matrimonio, con los negocios y con los caballos de carrera. Por eso tarde o temprano este lugar tenía que apagarse, aunque en realidad no sé si alguna vez llegó a brillar. De hecho, lo más brillante que he encontrado por acá han sido mis trajes.

-Es que tú eres un apagado, por eso todo este tiempo te has sentido en tu elemento en este lugar  –comentó Eduvigis sin molestarse en levantar la mirada de su plato de ensalada.

-¿Un apagado o un oscuro?…La otra noche dijiste que te sentías como atraída por mi lado oscuro, mientras…

-No recuerdo qué dije la otra noche.

-Los martes siempre han sido fatales –sostuvo Catalina con mirada apagada-. Todos los hechos terribles siempre ocurren los martes. El Golpe fue un día martes.

-Pero John Kennedy fue asesinado un día viernes.

-Y John Lennon, un día lunes.

            Tras un breve silencio, Catalina agregó:

-Los lunes y los viernes también son fatales.

            Finalmente, el último día de abril, un miércoles gris y brumoso, los empleados cruzaron por última vez el portón del laboratorio, tras comunicárseles que la viuda e hijas del dueño habían decidido liquidar la empresa. Indiferentes a cualquier drama o pesar, esa tarde apenas coger el cheque de su finiquito la mayoría de los empleados partió a celebrar a una fuente de soda que estaba a la vuelta por Matucana, cuyo aspecto viejo y descuidado, como a punto de venirse abajo, hacía pensar que debía tener una orden de demolición pendiente. Fue cerca de la medianoche cuando Nelson propuso a la veintena de ahora ex –colegas que aún permanecía en ese tugurio, culminar el festejo en la vieja casona donde arrendaba pieza, cerca de la Plaza Brasil.

-¿Vendrás con nosotros? –preguntó Eduvigis a Catalina.

III

-No tengo mucho ánimo de celebrar esta noche. Aunque pensándolo bien, -agregó Catalina tras una breve pausa- mis opciones son quedarme acá a seguir bebiendo sola, o irme a mi casa a pasos del San Juan de Dios y cerca de una funeraria.

-Ésta es solamente una caída temporal, hija –intervino Nelson-. Ninguna caída dura para siempre, como dijo Adán cuando lo expulsaron del Paraíso; ya te darás cuenta de eso. Claro, nunca es agradable caerse, pero si a uno no le pasa alguna vez, es simplemente porque no ha vivido en realidad.

-Está bien, iré con ustedes.

-¡Ésa es la actitud!

-Eso sí, creo que necesitaré algo de comer, porque me está dando hambre.

-Oh, no te preocupes por eso. A un costado de la plaza hay un local donde venden comida para llevar, que está abierto hasta tarde. Allí podemos pasar a encargar comida.

-Ah, ¿podríamos pedir comida china entonces?

-Cualquier cosa excepto comida china –aseveró Eduvigis con tono nada dispuesto a transar.

            Al final, donde Nelson encontrarían comida, trago, música y alegría, así como la espontánea participación del resto de los arrendatarios. El punto culminante de esa celebración para Catalina sería cuando, en la improbable pista de baile improvisada en el patio de luz, ella estaba bailando tecno –o cuanto le pareció era tecno-, sólo para descubrir unos pasos más allá a Nelson y Eduvigis bailando acompasados un bolero. Entonces la noche se iría a oscuro para Catalina, hasta despertar a la mañana siguiente sin poder recordar dónde estaba. Le tomaría unos instantes poder situarse, antes de decidirse a salir con poca agilidad a las calles solitarias por el feriado del Primero de Mayo, iluminadas por un sol que ni siquiera entibiaba, y alejarse en dirección hacia su casa, ansiosa por seguir durmiendo. Meses más adelante Eduvigis terminaría por mudarse a La Serena, seguida por Nelson. La última noticia que Catalina tendría de ambos fue al enterarse de que habían fallecido al volcar en un accidente camino al Valle del Elqui, a principios de diciembre de ese mismo año. Sólo años más tarde, mientras iba subiendo en una micro por Compañía, Catalina vino a advertir que la vieja casona testigo de aquella lejana y bochornosa –aunque de todos modos entrañable- noche, había sido demolida para dejar espacio a un edificio de departamentos. Entonces se quedó como mirando el vacío.

-Y tú eres Catalina, ¿no? –dijo finalmente la encargada de entrevistar, mirando en su dirección-. Cuéntanos, Catalina, qué recuerdas de tu primer trabajo.

Fin


El autor en primera persona

Desde que ingresé a la universidad, he tenido el sueño de dedicarme a escribir ficción, contra la sensata opinión de mis padres, de mis antiguos profesores y de cualquiera que he conocido en realidad. Quizás hayan tenido razón. Tras abandonar mis estudios de Bioquímica, por la natural falta de vocación, he debido ganarme la vida desempeñando una variedad de oficios, desde vendedor de perfumes, traductor, locutor de vuelos en el aeropuerto, supervisor de seguridad aérea, telefonista, cajero de casino, etc.; también he sido marido a jornada parcial, así como actualmente divorciado a jornada completa. Sin querer pontificar, pienso que «El gran Gatsby» es la novela más perfecta que he leído: sin dudarlo, la llevaría conmigo a mi refugio en las montañas, si tuviese alguno, aunque por ahora solo parece que me la llevaré a la otra vida, si tengo alguna.

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