Algo sobre ella

Cuento de Patricio Reyes H.

I

-¿Escribirás algo sobre mí algún día? –inquirió Marina.

            Se supone que uno debe escribir solo sobre lo que conoce; no estoy seguro de haber logrado conocerla en realidad. ¿Es posible llegar a conocer a alguien alguna vez, no digamos a una mujer?

            Ese verano, Julián y su mujer habían pasado unos días en Valdivia. En realidad, viajaron hasta Chiloé, donde visitaron Castro, Ancud, Chomchi y solo en el camino de vuelta a Santiago, decidieron pasar a Valdivia. Ya habían estado una vez en la ciudad del Calle-Calle, pero como ese viaje tuvo lugar en pleno invierno, solo pudieron ver la ciudad bajo un omnipresente manto de lluvia, en blanco y negro, por así decirlo. Esta vez querían ver Valdivia en colores. Tal vez pensaban que se trataba de una nueva época, de un nuevo comienzo. Tras años de vacas flacas y empleos inestables, ella al fin parecía haberse afirmado en su último trabajo, como ejecutiva de créditos hipotecarios en un banco privado, en tanto él había logrado mantenerse a flote todo ese tiempo como telefonista y colaborador ocasional en algunas revistas. Estoy sobrecogido por los colores, comentó Julián en esos días de verano en Valdivia: el azul de los ríos, el celeste del cielo, el verde de los bosques; mira, las copas de los árboles son verdaderos vellocinos verdes agitados por el viento. Su mujer le contestó afirmando con la cabeza.

            Un detalle que intrigó y divirtió a Julián en esos días fue la publicidad en forma de volantes que encontraron dondequiera iban casi, de una cantante local promocionándose como Marina a secas, ya fuese en la Plaza de la República, en el mercado o incluso en algunas paredes de la Universidad Austral. ¿Será tan grande verdaderamente para necesitar un solo nombre?, llegaría a preguntarse Julián en voz alta; es como decir Alí, Pelé, Brando, ¿no te parece? Su mujer meneó la cabeza, con expresión de qué se le va a hacer.

            No sería sino hasta su última noche en Valdivia que pudieron ver y escuchar en vivo a esa Marina. No tenía una voz, o una presencia, capaz de hacerlo enloquecer o buscar su perdición, aseveró Julián, pero sí tenía cierto ángel, un no sabía qué de que la vida sin ella parecería menos delicada. Cuando lograron arreglar para que Julián se reuniera con ella después de la función, él accedió con un aire entre curioso y expectante, acaso sin considerar demasiado la indiferente mirada de aprobación que le dirigió su esposa. De cualquier modo, esa vez Julián terminaría ofreciéndole que en caso de decidirse a probar suerte en Santiago alguna vez –algo que entonces Marina estaba intentando decidir-, no dudara en contactarlo: no es que él tuviera muchos contactos en el medio –ninguno, a decir verdad-, pero al menos podría escribir alguna nota sobre ella, con todo el mérito de la honestidad, dado que ahora ya la había escuchado cantar. Esa noche mientras Julián y su esposa caminaban de vuelta a su hostal por la costanera, él habló por los dos, seguramente achispado por tanta cerveza artesanal, con el panorama de fondo de las embarcaciones iluminadas navegando por el Calle-Calle, en preparación para la semana valdiviana.

            Seis meses más tarde casi, Marina le cobraría el ofrecimiento a Julián, cuando lo llamó –o lo despertó más bien- una fría mañana de junio desde el terminal de buses, recién llegada tras haber salido de Valdivia la noche anterior. Aún somnoliento y fastidiado por el tráfico de esa hora, Julián se las arregló para llegar a buscarla en su viejo auto. No obstante, reaccionó con algo parecido a la alegría cuando divisó en la sala de espera, sentada junto a un par de bolsos, una guitarra y un gato acunado sobre sus piernas, a la misma jovencita de meses atrás en la noche valdiviana, si bien a diferencia de esa vez, ahora en lugar de su aire gracioso y delicadamente luminoso, ofrecía un aspecto algo desvalido, tal si estuviese temiendo que en cualquier momento alguien fuera a arrebatarle las pocas posesiones que estaba procurando custodiar.

            Sucedió que, como efectivamente no tenía adónde llegar en Santiago, al final acordaron que Julián la llevaría consigo a su propio lugar por unos días. ¿Eso es planificación artística?, le preguntó él mientras la conducía en su viejo auto. Algo así: es improvisación musical, contestó sonriendo Marina. Habían terminado con su alguien de interés hacía un par de meses, explicó, pero incapaz aún de olvidarlo, se decidió a dar el drástico paso de cambiar completamente de aire, viniéndose a Santiago. No sé porqué tengo la impresión de que la decisión más bien llegó donde ti, comentó Julián; puede ser, admitió ella, con aire sincero. Entonces él se preguntó en voz alta si en tales casos uno estaba huyendo de su pasado o de sí mismo; Marina se encogió de hombros. Me pregunto si será posible dejar atrás el pasado alguna vez o siempre va a estar contigo, haciéndote sombra, agregó Julián, pero ante la mirada desvalida que le dirigió su interlocutora, afirmó que temía que uno era su pasado, pero prefería soslayar eso, porque lo encontraba una conclusión decepcionante. A propósito, una vez conocí una chica que después de terminar con su pareja, viajó hasta la India, porque necesitaba meditar, recordó Julián, pero creo que solo fue teatro de ella, porque le encantaba hablar de sí misma. ¿Y tu gato también terminó con su novia?, inquirió a su compañera de viaje cuando vio a la chica acariciando la cabeza del felino con su mejilla, mientras él iba mirando con grandes ojos alertas las calles de la ciudad. No podía abandonar a Puponcito, ¿no es cierto?, aseveró ella mirando a su gato; es terrible hacerle eso a un animalito, es algo que no tiene perdón. Tras una pausa, Julián admitió que sentía curiosidad por saber qué habría hecho ella si no hubiese logrado contactarlo, si él no hubiese estado en casa, o si le hubiese dado a propósito el número equivocado, en fin. ¿Habrías sido capaz de hacer eso en realidad?, le preguntó Marina, mirándolo con particular intensidad; si me hubiesen pagado, porqué no, estamos en un país capitalista, repuso Julián sonriente. Marina giró la cabeza para mirar por la ventana y afirmó que no lo sabía, probablemente se habría quedado sentada esperando el bus de regreso a Valdivia, una señal de que no estaba escrito que se quedara en Santiago, pero aparentemente ya no fue así, ¿no?, agregó sonriéndole de vuelta.

II

Una vez en el estrechísimo y caótico departamento que arrendaba Julián, donde apenas si cabía una persona, éste le indicó a Marina que buscara un lugar cualquiera para dejar sus cosas, recordándole que el orden de los factores no alteraba el producto. Entonces ella le preguntó si estaba seguro de que podría alojarla por un tiempo en ese sitio tan estrecho, ¿no estaba casado? Exactamente, repuso Julián, estaba casado, hasta que ella me dejó y quedé sin trabajo, o más bien fue al revés. De veras lo siento mucho, ¿por qué no me lo dijiste antes?, afirmó sentidamente Marina. ¿Para qué?, ¿acaso tú habrías podido impedirlo?, replicó Julián con aire de ironía. Ella quiso saber cómo se sentía, si acaso había logrado superarlo; él suponía que sí, aunque todo dejaba siempre una huella: cuando eres joven, afirmó, ese tipo de experiencia te agrega algo, pero cuando ya tienes cierta edad, te quita algo, por tanto creía que ahora debía ser menos que antes, concluyó. Eres el mismo, aseveró Marina; creo que siempre serás la misma persona. Supongo que sí, a esta altura ya no puedo cambiar, ¿no?, fue la explicación de Julián.

            Dado que había un elemento frágil, delicado, tierno incluso, en la presencia, o acaso en la esencia, de Marina, uno bien podía preguntarse porqué ella osaba subirse a un escenario, cuando evidentemente no contaba con lo necesario para encandilar o siquiera imponerse. Sospecho que la respuesta probablemente consistía en que solo arriba de un escenario, es decir, en un mundo de fantasía, era donde, paradójicamente, ella, o alguien como ella, podía parecer más real, más viva, aunque no estoy seguro si Marina misma era capaz de comprender esto o solo lo percibía inconscientemente: más bien creo lo segundo, porque ella no parecía del tipo dispuesta a emplear su tiempo intentando averiguar la verdad de las cosas. Para Marina, definitivamente, la vida no era una interrogante, ni mucho menos una ecuación; probablemente, le parecía una oportunidad, una para hacer algo original, distintivo, sin considerar tanto sus precarios recursos, lo que confería algo de emocionante, e incluso de conmovedor, a sus esfuerzos. El tipo de Julián, en tanto, era el suyo propio: de él podía afirmarse, en efecto, que era él mismo –una frase que siempre he detestado, porque parece resumirlo todo, cuando en realidad no está diciendo gran cosa. De cualquier modo, lo cierto era que más allá del particular arreglo de sus virtudes y defectos, percibías en él una singular tensión entre un escepticismo relajado y una predisposición a creer en lo fantástico, capaz de volverlo único, hasta el punto de que podías contar casi con que jamás encontrarías alguien similar, ni siquiera estando con trago.

            Un par de meses más tarde, algo más familiarizada con su nuevo entorno en Santiago, arrendando pieza junto a otra chica en una vieja casona cerca de la Plaza Yungay, repartiendo su tiempo entre cantar en ferias libres en cada oportunidad disponible y vender productos de higiene femenina por celular junto a su co-arrendadora, Marina se las arregló para organizar una pequeña celebración por el cumpleaños de Julián. Con sus propias manos preparó una torta de zanahoria, así como volcán de chocolate, además de permitirse el pequeño lujo de adquirir una botella de Piña Colada. Incluso hasta se dio maña para decorar su pieza-hogar con guirnaldas y otros ornamentos similares, si bien debemos declarar que de antemano las paredes de la misma ya lucían como decoradas a la manera de algún rompecabezas posmoderno, al estar cubiertas por restos de gigantografías de acrílico, procedentes de la más reciente campaña electoral, que Marina y la otra chica habían salido a retirar de las calles, precisamente para usarlas como capa aislante en las murallas, ante los crudos fríos del invierno capitalino.

            Si bien Julián aportó a la celebración su cuota de conversación amena, así como de anécdotas repetidas, hacia el final, sin embargo, se avino a preguntar en tono retórico si había una razón para celebrar nada en esta vida. ¡Siempre!, fue la inmediata respuesta de Marina, agregando que al menos debíamos agradecer a Dios por estar vivos. Aunque Julián admitió que escapaba a sus dominios adivinar las intenciones de Dios, planteó si era sensato agradecerle por la travesía en este valle de lágrimas, donde tarde o temprano resultábamos defraudados o traicionados. Como su tono dejó de parecer retórico, para adquirir un tinte más personal, la conversación devino inevitablemente en si aún echaba de menos a su ex –esposa. ¿Debo contestar esa pregunta?, repuso Julián con una mirada donde se adivinaba ironía, así como una tímida protesta; por supuesto, afirmó Marina, eres mi invitado, además ya brindaste conmigo: hemos contraído una especie de pacto de confianza. ¿Entonces servirá una especie de respuesta?, preguntó él; si no deseas contestar, serás juzgado por omisión, aseveró Marina sonriendo. Es decir, ¿todo lo que no diga podrá ser usado en mi contra? Exactamente, todo lo que no digas va a ser usado en tu contra: esto es como un tribunal chileno.

            Julián pareció estar reuniendo sus recuerdos, o editándolos más bien, tal si separando lo publicable de lo inconveniente; luego alzó la mirada, con expresión de “es lo que hay no más”. Comenzó aseverando que probablemente la suya no era una relación destinada a perdurar, porque pese a haber permanecido solidario y apoyador con su ex –mujer durante todo el matrimonio, incluso durante los períodos que estuvieron separados de mutuo acuerdo, al final ella no había tenido inconveniente en sacarlo de su vida, para iniciar una nueva relación con otro hombre. En su opinión, eso demostraba que el compromiso de parte de ella nunca había sido sólido o sincero, por tanto qué sentido tenía lamentar la ruptura de una relación semejante. A Marina le pareció una explicación razonable, pero se preguntó en voz alta si lograba convencerlo a él mismo. No del todo aún, admitió Julián, quien añadió que pese a la sensatez de esas palabras, a veces se seguía sintiendo lastimado, despreciado por quien menos lo esperaba, una balsa a la deriva en medio de los restos de su pasado, luego no podía evitar pensar que solo fueran palabras, un montón de reflexiones amargas sin relación con todos esos años de experiencia conyugal. Tras una breve pausa, Marina comentó que había un tiempo para llorar y un tiempo para reír, según El Eclesiastés; tal vez no era para nosotros controlar eso, solo aceptarlo. Julián acotó que un francés había dicho una vez que la filosofía se imponía sobre los males pasados y los males futuros, pero los males presentes se imponían sobre la filosofía. A Marina eso le pareció una gran verdad: es el tipo de cosas que una aprende de la vida, no de los libros, afirmó. Cuando inquirió con aparentemente inofensiva curiosidad si acaso la ex –mujer de Julián era una persona inolvidable después de todo, el interrogado guardó un silencio capcioso. En realidad era inolvidable en el lecho, aseveró él tras una pausa, no sin advertir que jamás había dicho eso; a continuación agregó que un chiste privado entre ellos consistía en decirle a su ex –mujer: “Si un día me cuentas que estuviste desnuda arriba de un caballo, te voy a creer; y si un día me cuentas que un caballo estuvo desnudo arriba tuyo, también te voy a creer”, aunque negó haber revelado eso también. Pupón, que estaba dormitando a sus anchas sobre la única cama del lugar, alzó su cabecita para mirar reírse a Marina.

            En uno de los últimos días del marzo siguiente, cuando las tardes aún serían soleadas, pero ya no calurosas, mientras el ambiente y la ciudad parecían inevitablemente destinados a apagarse una vez más en medio del letargo del otoño y el invierno, Julián, a invitación de Marina, iba subiendo los peldaños de una escalera robusta y más bien estrecha, hasta acceder a una serie de piezas interconectadas que conformaban entre sí un pintoresco café de vagas pretensiones artísticas, en pleno barrio Concha y Toro, desde cuyos balcones podían divisarse los campanarios de algunas de las iglesias cercanas, así como el anaranjado sol del ocaso y las alargadas sombras que a esa hora de la tarde empezaban a cubrirlo todo. Desde el exterior también llegaba un eco de acordes de piano, ejecutado de manera acompasada, sin duda proveniente de la escuela de danza cercana, si bien Julián, de pie en uno de los balcones, pareció prestar más atención a las jovencitas con figura de bailarinas –cintura ceñida y piernas bien modeladas- conversando alrededor de la pileta allá abajo. A propósito, si alguien piensa que estoy embelleciendo demasiado la escena, declaro de inmediato que esa sería una observación apresurada, porque el verdadero esplendor de ese barrio de edificaciones antiguas y calles adoquinadas se revelaba tras la llegada de la primavera, cuando reverdecían los árboles; entonces la brisa de aroma embriagadores unida al sugestivo eco del piano acompasado de la academia de danza, especialmente en las tardes de cielo abochornado, volvían todo el cuadro una sutil ensoñación.

            En todas las piezas del café había cuadros sin enmarcar expuestos a la venta; algún bromista podría haber opinado que también estaban sin pintar, pero eso no era verdad, ya que la superficie de las telas estaba cubierta por una austera capa monocroma sin matices ni planos, de un blanco, un amarillo o algún otro tono claro, mientras una pequeña figura geométrica de contornos regulares, pintada en colores contrastantes, aparecía inmersa en medio de esa especie de vacío. Supongo que el autor intentaba “poner en valor”, como dicen ahora los expertos, la artificialidad de nuestra actual vida contemporánea toda digitalizada, sin lugar para la espontaneidad o la individualidad, donde da lo mismo una cosa como la otra –verdad es mentira y viceversa, como en un discurso presidencial-, mientras la realidad ha sido reducida a una fórmula o algoritmo, simbolizado por la figura geométrica en la tela. Ahora bien, no tengo idea si era eso lo que el autor en realidad quería expresar, pero en cualquier caso más o menos lo mismo podía comentarse sobre los trozos de gigantografías recubriendo las paredes del cuarto de Marina, con sus retazos de rostros de candidatos intercambiables entre sí, mientras sus eslóganes, truncos o completos, además añadían un efecto cómico.

Tantas veces me borraron

Tantas desaparecí

A mi propio entierro fui

Sola y llorando

Hice un nudo en el pañuelo

Pero me olvidé después

Que no era la única vez

Y seguí cantando.

III

Cuando ingresabas al café desde la calle, la pizarra ubicada al pie de la escalera de piedra anunciaba para esa tarde a “Marina de Valdivia” como cantante invitada; acompañada de un guitarrista e interpretando un repertorio de baladas, la actuación de Marina esa tarde habría justificado de sobra el precio de una eventual entrada. En circunstancias normales de la vida uno habría tomado a Marina –dado su carácter suave, su figura menuda y su rostro de mejillas redondas enmarcando su mirada frágil- como incapaz de gran cosa, una víctima propicia para los prepotentes, los deshonestos e incluso los maleducados de este mundo. Arriba de un escenario, en cambio, Marina experimentaba una prodigiosa transformación –o tal vez nosotros la experimentábamos viéndola actuar, ¿quién sabe? A pesar de su voz delgada, o quizás debido en parte a su voz delgada, una vez las miradas sobre ella, Marina tenía el don de volver la vida graciosa y delicada, tal si la gracia y la delicadeza mismas estuvieran flotando a su alrededor, listas a materializarse a un chasquido de sus dedos; eso sí, aunque uno podría haberse pasado horas mirándola fascinado allí arriba, al final se quedaba con un sabor amargo, ya que a fin de cuentas no podíamos evitar sentirnos parte de los prepotentes, los deshonestos o los maleducados de este mundo.

Cantando al sol

Como la cigarra

Después de un año bajo la tierra

Igual que sobreviviente

Que vuelve de la guerra.

-Tienes pasta de estrella, ¿lo sabías? –afirmó Julián poniéndose de pie cuando Marina llegó a sentarse a su lado en el café, tras atravesar unas cuantas mesas en medio de aplausos y felicitaciones. Se le veía contenta, pero mesurada, tal si sintiera algo de pudor porque ahora ya no estaba en el escenario. De hecho, a la bienvenida de Julián respondió con una simple sonrisa y un asentimiento de su mirada.

-No pidas la tortilla española –advirtió Marina mientras examinaban la carta-: es tan dura que, efectivamente, parece que la traen en barco desde España.

-De veras, no estaba exagerando –sostuvo Julián tras guardar un silencio expectante-. Tienes ángel, carisma, presencia, o como se llame. Te estás perdiendo en este lugar; deberías cantar en un local donde preparen tortillas más blandas.

-¿Quieres ser mi representante? –inquirió la cantante, con un destello de ironía en la mirada.

            Siguieron unos instantes de charla más bien informativa, como por ejemplo, cuáles eran sus condiciones en el café, quién la había contactado, si se sentía a gusto, en fin, hasta que después de una pausa algo nerviosa, Marina declaró:

-He estado pensando en volverme a Valdivia; tal vez, en dejar de cantar.

            Julián la miró con atención y seriedad.

-¿Quieres volverte?, ¿o quieres dejar de cantar?

-No lo sé muy bien. Siento que estoy necesitando un cambio de vida, por eso tengo ganas de marcharme de acá.

-Como lo veo, eso no implica que debas dejar de cantar, necesariamente.

-Entonces no sería un cambio de vida –repuso Marina con una sonrisa de desconsuelo-. No, en realidad pasa que hace rato estoy teniendo la sensación de que mi vida no va a ningún lado, a ningún lado verdadero al menos. Tal vez estoy esperando que algún día alguien va a descubrirme y entonces todo cambiará, pero mientras tanto mi triste realidad es que acá solo estoy sobreviviendo…A veces, sobre todo en las mañanas, entro como en un estado de desánimo y entonces temo que todo esto de cantar quizás puede ser solo otro sueño mío. En ese momento es cuando más tengo la sensación de que no estoy haciendo nada valioso con mi vida, solo estoy malgastándola.

IV

Julián permaneció mirándola con una mezcla de extrañeza y seriedad, tal si no lograra dar crédito a lo que acababa de escuchar e intentara aquilatar el significado de cada palabra, o bien puede que simplemente estuviese confundido y no supiese qué decir: con él no estabas seguro hasta qué punto exactamente podía considerar algo con seriedad, o a alguien con seriedad.

-¿De qué manera volver a Valdivia introduciría un cambio, o algo nuevo, en tu vida?, ¿acaso no estarías volviendo a lo familiar, a lo conocido? –se avino a preguntar finalmente Julián. Al parecer sí había tomado en serio las palabras de Marina.

            Se hizo un breve silencio entre ambos.

-No hay nadie esperándome en Valdivia: mi mamá murió hace varios años, mi papá, hace un par; mi única compañía es Puponcito, así que no sería una vuelta al pasado. O tal vez sí…En fin, pasa que me gustaría…no, en realidad creo que estoy necesitando volver a mi tierra, porque quiero ver nuevamente el río, sentir la lluvia cayendo sobre el bosque y aspirar el aroma a tierra mojada. También quiero volver a acariciar a una oveja, ver una pareja de borricos corriendo en libertad y a una familia de patitos siguiendo a su mamá. Necesito tanto todo eso como, supongo, ustedes acá en Santiago necesitan trabajar y sacar algo de dinero de alguna parte.

-Creo que en alguna parte te encuentro algo de razón, aunque pensé que jamás diría eso a una mujer –afirmó Julián tras mirarla en silencio un momento.

-Recuerdo que en Valdivia cantaba por el placer de hacerlo, por el agrado de cantar, en cambio acá en Santiago no estoy muy segura cómo cambió ese sentimiento. Creo que ahora he llegado a verlo…en realidad, no sé cómo lo veo ahora, pero sí siento que si no estoy ganando dinero, entonces no tiene sentido. Acá he perdido el agrado de cantar.

            Tal vez por ese algo delicado y etéreo en la naturaleza de Marina, ella efectivamente no estaba hecha para adaptarse a un lugar sórdido como Santiago, sede emérita de especuladores bursátiles, empresarios inmobiliarios y demás inescrupulosos de toda clase. No sé si eso obedecía a su condición específicamente valdiviana (desconozco si exista ese arquetipo), pero en cualquier caso sin duda ella parecía mucho más en su elemento en medio del bosque, en compañía de ovejas, borricos  y patitos, ya fuese cantando o no, antes que en este lugar detestable que llamamos la capital.

-¿Cuándo piensas marcharte? –inquirió Julián con tono serio, aparentemente dando por hecho que sería inútil oponerse a los deseos de Marina, o bien intentando hacerse el fuerte.

-Sabía que me comprenderías.

-No sé si pueda hacerlo aún. Un francés comentó hace tiempo que a las mujeres había que amarlas o comprenderlas: no existía término medio.

             Marina sonrió con aire de aceptar la ironía.

-El caso es que quiero pedirte un favor antes de marcharme.

-¿Un favor? Me citas para decirme que vas a marcharte, ¡y además quieres pedirme un favor! Definitivamente, tú no eres del tipo comprensible.

-Quiero pedirte que algún día escribas algo sobre mí.

-¿Eso es todo? Ya he escrito algún comentario de pasada sobre ti en mi diario, así que tu deseo está más que cumplido.

-No, no me refiero a eso. Me gustaría que algún día publiques algo sobre mí; no es que debas publicarlo, necesariamente, sino…Lo que quiero decir es que algún día escribas sobre cómo era yo, qué tipo de persona te parecí, cuál fue la historia de mi breve paso por Santiago intentando ser cantante, en fin, esa clase de cosas.

-¿Quieres que escriba tu biografía oficial para cuando seas famosa?

            Marina lo miró como sonriendo.

-Quiero que escribas mi biografía oficial para hacerme famosa. No, no se trata de eso; en realidad no sé muy bien de qué se trata. Puedes llamarla vanidad de mi parte, pero no me parece que lo sea. El asunto es que he pensado que si algún día tengo la oportunidad de leer lo que puedas escribir sobre mí, de algún modo me sentiré más real. Mi vida me parecerá más real.

            Había un no sé qué de indefinible en la mirada de Marina cuando formuló las últimas palabras: una sutil mezcla como de ilusión e indefensión.

-¿Qué dices?, ¿escribirás algo sobre mí algún día?

            Julián guardó silencio con expresión capciosa, tal si preguntándose con divertido escepticismo si acaso lograba percibir algo de sensatez dentro de lo que acababa de escuchar –o quizás si se decidiría a ser parte de esa insensatez, ¿quién sabe?

Fin