Algo alucinante

Algo alucinante
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Cuento de Patricio Reyes H.

I

Luciano entró caminando con ademán tranquilo. Algo en su actitud transmitía la sensación de que cada paso lo estuviese acercando a un destino que aguardaba con más expectación que temor. En vez de tensión, su mirada concentrada parecía expresar una especie de serena confianza: seguramente debía estar pensando en algo que le agradaba. De hecho, había varias cosas que podían agradarle, aunque era improbable que fuera a encontrar alguna de ellas en el terminal de buses adonde acababa de ingresar. Tras mirar alrededor buscó un asiento libre; al sentarse, sin embargo, o más bien al dejarse caer en el asiento, pareció como si cargara un peso varias veces superior al de su propia humanidad. Entonces su expresión mudó en una bastante diferente, una que parecía no terminar de comprender cómo es que había llegado a esperar a solas sentado en un terminal de buses.

            Luciano era saxofonista de un conjunto de jazz. Dondequiera le correspondiese tocar, en clubes pequeños, salones de restorán o celebraciones varias, solo o acompañado, el público terminaba aplaudiéndolo con una mezcla de fascinación y sorpresa, pese a la indiferencia generalizada de los críticos –esto es, de algunos críticos, pues la mayoría ni siquiera parecía saber de su existencia. “Músico anónimo” era probablemente el término apropiado para referirse a él; de hecho, era el término utilizado por la unanimidad de los escasos críticos que alguna vez se había molestado en reseñar su trabajo, siempre enfatizando más su aspecto anónimo por sobre el musical. En cualquier caso, tal como una antigua amiga suya había comentado alguna vez,  tras el fraseo de su saxo tenor, uno se sentía como en medio de un hechizo, llegando a preguntarse si en realidad la vida podía ser así de bella o melodiosa; desde luego, no lo era, pero de todos modos el sonido de su saxo sugería lo contrario. Por su tranquila languidez, misma que lejos de rebeldía o deseos de incendiar el mundo, expresaba una afición a disfrutar de manera comedida, tal si estuviese conversando en tono íntimo contigo sobre la bella vida que había quedado atrás, quizás en vez de un hechizo resultaba más apropiado calificar su estilo como una especie de añoranza, una evocación de cómo la vida debería haber sido, llegando a dejarnos a veces con la sensación de si todo efectivamente estaba perdido para siempre. Sin duda que percibir todo eso debe haber supuesto un esfuerzo excesivo para la capacidad de los críticos.

            Como integrante más o menos asiduo de un cuarteto más o menos estable, Luciano solía contar con trabajo regular la mayor parte del tiempo, es decir, la mayor parte del tiempo de los breves meses cuando el cuarteto lograba ser contratado. Su temporada –era inoficioso denominarla temporada alta, pues en su caso era la única que existía-, su temporada, decía, solía extenderse desde principios de septiembre, o un poco antes, cuando el tiempo comenzaba a mejorar, hasta invariablemente fines de marzo, cuando las noches empezaban a volverse frías nuevamente. Alguna vez, guiados tanto por el azar como por su propia osadía, los miembros del cuarteto habían subido hasta La Serena en pleno otoño, dispuestos a seguir tocando por unas semanas más, pero allí en esa época del año el público consistía ante todo en estudiantes universitarios, que no entendían mucho de jazz, entre otras cosas que no entendían, por tanto debieron volverse anticipadamente. Esa experiencia dejaría al grupo con un amargo sabor a frustración, así como un franco disgusto por los estudiantes universitarios. A propósito, el chofer, agente y líder del cuarteto era el propio guitarrista del mismo, un contador retirado prematuramente, quien vivía del arriendo de cabañas de veraneo ubicadas frente a la playa de El Tabo, lugar donde residía permanentemente hacía años. Consultado una vez por el propio Luciano sobre por qué en vez de quedarse a disfrutar la playa en verano, escogía partir con ellos a tocar durante todas esas semanas, algo que probablemente el propio Luciano habría hecho, el antiguo contador había respondido que veía la playa todo el año, cuando estaba llena y cuando estaba vacía, y que la prefería mucho más cuando estaba vacía.

            Normalmente, a principios de marzo, con el fin de la temporada estival, comenzaban a cerrarse los locales donde Luciano y los demás miembros del cuarteto habían pasado tocando durante las semanas precedentes, actuando a veces hasta en tres lugares distintos en una misma noche. Sin embargo, como el inicio oficial de actividades por parte de diversas empresas e instituciones les brindaba la oportunidad de poder tocar como invitados en ocasiones varias, en la práctica la agenda del cuarteto se mantenía ocupada hasta fines de marzo. A veces, eso sí, debían tocar en lugares atestados de gente, donde nadie parecía prestarles atención, ocupado todo el mundo en charlar, comer y beber, aunque en esas ocasiones a la muchedumbre tampoco parecían interesarle los discursos de los personajes de turno. En una de esas veladas cuando el individuo a cargo  estaba dando la lata eternamente, el guitarrista comentaría a sus compañeros del grupo que todos los jefes eran como los clientes de un contador, porque siempre intentaban ocultar algo, agregando que nunca había conocido un cliente en quien pudiera confiar abiertamente. Tal vez no puedes ser jefe y honesto al mismo tiempo, sostuvo Luciano, puede que sea una contradicción, como declararse fiel y tener una amante, aunque muchas personas no tienen problemas en vivir con esa contradicción. ¿Cómo tú, por ejemplo?, le preguntaron sus compañeros de banda.

-No soy un hombre contradictorio –aseveró Luciano-. Tengo varias dudas, temores incluso, pero ninguna contradicción. Al menos, no que yo sepa.

-¿Temores como cuáles?                                                                                                     

            Pareció como si Luciano necesitase reflexionar un tanto.

-La vida es demasiado imprevisible, y no sé si puedo contar conmigo todo el tiempo para lograr arreglármelas. Hasta ahora he podido hacerlo, pero no sé muy bien cómo, prefiero no pensar en eso. Creo que esencialmente ha sido una combinación de buena fortuna e inspiración, como en un solo de jazz. Tal vez no podía haber sido otra cosa sino músico de jazz, ¿quién sabe?

            Los compañeros de Luciano se miraron en silencio.

II

Cuando el sol languidecía inexorablemente a fines de marzo, los cuatro integrantes de la banda, ataviados de traje y corbata, iban de aquí para allá con sus instrumentos en la pequeña van del guitarrista, tocando en inauguraciones y actos por el estilo. En tales ocasiones nadie los tomaba en serio o siquiera los escuchaba, llegando a parecer un componente más del menú, como la comida o la bebida, no obstante, igual les pagaban, mientras ellos se permitían tocar algunos de sus números favoritos, solo por el placer de tocarlos. No eran estrellas ni se daban aires de tales, pero sinceramente disfrutaban lo que hacían, lo que agregaba una cualidad adicional a su acto, si alguien se hubiese molestado en apreciarlo.

-El baterista es bastante guapo, aunque con pelo largo y gafas de sol, tendría más onda. No, gracias, esta noche solo estoy bebiendo agua mineral, ¿salgamos a fumar?

-Me atrae el bajista. Tiene una mirada peligrosa, como de alienado. Cuando miro sus dedos pulsando las cuerdas de ese enorme instrumento, no sé por qué me excita.

-El guitarrista tiene aspecto atildado, como de abogado. O médico. Me lo imagino en una consulta, diciéndome: “Desvístase y acuéstese”.

-Ustedes han sido lo más memorable de la velada. Seguramente serán lo más memorable jamás en este lugar.

-¿En serio?, ¿no estamos en el ministerio de algo…? –repuso Luciano, mientras desmontaba la boquilla de su saxo y aprovechaba de refrescarse la garganta.

-Sí, en el ministerio de algo. Todos dan lo mismo. Esto es como Orwell, solo que ahí nadie tocaba jazz.

            Luciano miró a su interlocutora.

-¿Quieres decir que sonamos como Orwell? Eso debe ser depresivo.

            La mujer sonrió.

-Creo que el jazz expresa de algún modo alegría de vivir –explicó ella-. O alegría de hacer música. Eso fue lo que sentí mientras tocaban. En contraposición, trabajar en este ministerio no despierta alegría de vivir, precisamente. Este lugar no tiene nada de jazzístico.

-¿No será que la vida no tiene nada de jazzística? Yo diría que más bien parece un tango, por lo amarga.

-Eso. Trabajar en este ministerio es un tango interminable.

-Estamos listos para partir, Luciano –señaló el guitarrista.

-¿Van a tocar a otro lado?

-A un rinconcito cerca de San Isidro. En realidad es una especie de favor, pues el dueño es amigo nuestro. Nos da comida y bebida gratis, a cambio le atraemos clientela. A veces hacemos ese tipo de cosas extrañas, como trabajar sin dinero a cambio. Esta banda nunca ha tenido nombre oficial, pero supongo que no deberíamos llamarnos “Los Capitalistas”, ¿no?

-¿Qué tal “Los Ministeriales”?…no, eso suena como religioso. Ya hay suficientes fanáticos.

-¿Trabajar en este ministerio es una religión o una especie de fanatismo?

            La mujer se quedó pensando.

-Creo que ni lo uno ni lo otro. En realidad, no sé muy bien lo que sea, pero en todo caso es algo depresivo. Yo llegué acá hace nueve años, por intermedio de una amiga, misma que se fue al poco tiempo después de mi llegada. A menudo he tenido la sensación de que me dejó clavada.

-¿Por qué?

-Cuando entras, te dan todo ese discurso de que vienes a trabajar por el bien del país, para ayudar a hacerlo un mejor lugar, pero luego te das cuenta de que todo sigue igual, no importa lo que hagas. Tal vez nuestro destino sea empeorar.

-Tienes razón: eso suena depresivo.

            La mujer guardó un breve silencio.

-Lo realmente depresivo es enamorarte de tu jefe, para darte cuenta después que él está enamorado de otra mujer.

-Oh.

            La mujer se llamaba Penélope, ¿cómo la esposa de Ulises?, preguntó Luciano; ésa misma soy yo, aunque mi Ulises en vez de volver a mí, se fue con todos mis ahorros, respondió ella. Algún tiempo atrás había alcanzado a estar casada un par de años con una especie de seductor, un hombre que te transmitía la confianza de que a su lado todo iba a resultar bien, explicó ella. Por medio de palabras, tacto y encanto, cualidades que él poseía en abundancia, la convenció de invertir todos sus ahorros, algo de lo que él carecía, en una plantación de paltas al interior de La Serena, adonde él se trasladaría provisoriamente antes de venir a buscarla a Santiago, para volver a instalarse definitivamente en el norte. No necesitó convencerme mucho, admitió Penélope, en parte porque nunca pensé mal de él, y en parte porque me gustó la idea de llegar a vivir en el campo lejos de aquí. Solo después de que partió al norte para nunca más volver a saber de él, me vine a enterar de que jamás había existido plantación de nada. Me reí con amargura, porque me di cuenta de que tarde o temprano debía haberme esperado eso de él, confesó Penélope. En cambio, cuando supo que su jefe estaba enamorado de otra, quiso llorar varias veces, pero simplemente no pudo hacerlo, tal vez porque no acababa de creer que eso estuviese pasándole precisamente a ella, aventuró. Me gusta reírme con la vida, pero tengo la sensación de que la vida ha terminado riéndose de mí, lo que no es justo, afirmó Penélope con emoción apenas contenida en la mirada.

            Aún no me has contado cómo es que terminaste enamorándote de tu jefe; pienso que debo saber eso, comentó Luciano cuando volvieron a encontrarse más adelante, por tercera o cuarta vez, en una fría tarde a principios del invierno; entonces su banda ya estaba en el receso anual acostumbrado.

-A mí también me gustaría entenderlo; no sé si logro explicármelo aún –contestó Penélope.

-Tengo mucho tiempo libre, así que puedo escuchar las explicaciones más inverosímiles.

-A ver –dijo Penélope llevándose la mano a la barbilla-. Supongo que en ese momento me sentía terriblemente sola (estoy sola en realidad), así que me ilusioné como adolescente creyendo que él había llegado para llenar al fin mi vida. Pero después me contó que iba a casarse: eso me rompió el corazón. No sé si me lo rompió en realidad, pero sí me volvió muy amarga por un tiempo. Y desesperanzada. Y me sentí burlada. En fin, supongo que sí rompió algo dentro de mí. Por suerte ya no tengo que verlo a diario, porque lo trasladaron a otro departamento. De todos modos, ahora intento evitarlo si puedo.

-¿Aún piensas en él de vez en cuando?

-Sí, pero su recuerdo ya no me lastima como antes. O creo que no lo hace. Antes cada vez que lograba conversar con él, sentía como un rayo de sol iluminando mi corazón. Ahora ya no echo de menos su luz. Pero aún no puedo olvidar que en estos días va a casarse.

-En realidad tu explicación suena bastante verosímil.

-¿También has estado enamorado alguna vez? –inquirió Penélope.

-Nunca de mi jefe: él sí es un hombre casado.

-Tonto.

            Luciano hizo ademán de sonreír.

-Me he enamorado. He languidecido. Las menos de las veces he sido correspondido. Pero al final siempre me abandonan.

-¿Te abandonan?, ¿en serio?, ¿por qué?

-Si lo supiera, instalaría una consulta sentimental, ¿no?

-Estamos en una consulta sentimental.

            Ahora Luciano sí sonrió.

-En realidad, no sé la razón. Supongo que tendrá que ver conmigo, pero no sé si quiera averiguarlo. Soy un tema demasiado confuso para analizar. Me da lata analizarme.

            Penélope lo miró con una mezcla de sorpresa y grata perplejidad.

-¿Pero por qué estamos perdiendo el tiempo hablando de nuestros respectivos pasados? Eso es como aceptar que somos un recuerdo –afirmó Luciano.

-Lo somos en realidad, ¿no?

-Tienes razón, pero esta tarde no me siento un recuerdo.

-Yo tampoco.

-Entonces vamos a pasarla bien junto al frío y la bruma. Conozco un rinconcito donde podremos charlar y beber algo, además de escuchar jazz.

-¿Y qué haremos primero?

-Supongo que ir para allá, ¿no?

III

 Mientras se dirigían a ese rinconcito, la oscuridad de la noche descendió en cosa de minutos. Acaso por el frío imperante, no se toparon con gran cantidad de gente, excepto cuando pasaron frente a las puertas de una iglesia, donde un pequeño tumulto estaba saludando y festejando a una pareja de novios que acababa de emerger del interior. Luciano sonrió con expectación, sin embargo, interrumpió su expresión cuando notó que Penélope estaba mirando en silencio, con una especie de ausencia en la mirada.

-¿Te gusta el jazz? –inquirió Luciano de improviso.

-No sé. Tal vez –respondió Penélope con aire distraído.

-Me temo que no comprendo muy bien.

-Yo tampoco me comprendo muy bien –afirmó Penélope, sonriendo con un no sé qué de desconsuelo-. Lo que quise decir es que me gusta un poco el jazz, pero no soy una gran conocedora. De hecho, no lo entiendo mucho. Hay muchas cosas que no logro entender.

-No hay nada que entender: eso es lo mejor del jazz. Es inspiración, es fantasía. Es “swing”. Es cómo debería ser la vida.

-La vida no tiene nada de jazzística, dijo alguien.

-Eso es cierto. Pero se parecen al menos en un sentido, porque ninguna de las dos tiene mucha explicación.

-Eso también es muy cierto –afirmó Penélope con tono resignado.

            Finalmente, el lugar adonde llegaron tenía un aire como clandestino: discreto y lleno de una luz tenue, tal si graduada a propósito para hablar en susurros. Más que música suave, o quizás debido en gran parte a ese tipo de música, parecía tener mucha atmósfera, o mucha sensualidad al menos. Las parejas conversaban en tono íntimo y relajado, como si fueran amantes, o viniesen de hacer el amor. Incluso la decoración era discreta, consistiendo únicamente en fotografías en blanco y negro de grandes jazzistas del pasado, donde el único rostro blanco apreciable era el de Paul Desmond.

-¿Me trajiste a este lugar para seducirme? –inquirió Penélope mientras se sentaba y se sacaba su abrigo.

-Puede ser.

-¿Dónde queda el motel? Todo el mundo parece recién llegado de uno.

-Ah, ¿ya te seduje entonces?

-Puede ser.

            Tras encender sendos cigarrillos, pidieron un par de cocteles de nombre tan truculento como la mezcla de sus ingredientes. Incluso la chica que tomó el pedido tenía aspecto de haber salido recién del lecho. La sonrisa de Penélope resultó entre divertida y capciosa.

-¿Qué?, ¿te gusta el lugar? –preguntó Luciano.

-No sé si “gustarme” es la palabra que usaría. Hay varias cosas que no termino de entender, pero este tugurio…creo que sí logro captarlo. En vez de un espacio físico en sí, me parece más bien un estado de ánimo. “Después de” podría ser su lema, ¿no?

            Luciano comentó que si la memoria no lo traicionaba, uno de los tragos en la carta se llamaba así. De hecho, no sé si este lugar tenga nombre, agregó; no parece necesitarlo, en todo caso.

-¿Y qué hay de ti?, ¿necesitabas tu nombre para triunfar o te habría ido igual sin importar como te llamaras? “Luciano” me da la impresión de ser un nombre como de artista consagrado, uno con estilo, ¿es tu verdadero nombre o solo un pseudónimo artístico?

            Luciano miró con una especie de perplejidad.

-Es mi nombre verdadero, pero no sé si podría asociarlo con la idea de artista consagrado. De hecho, durante mucho tiempo pensé en adoptar un pseudónimo.

-¿Y por qué no lo hiciste?

-Porque me di cuenta de que mi fracaso era tan rotundo que no bastaba un nombre nuevo para alterar las cosas.

-¿Cómo?, ¿de veras sientes que has fracasado?

           Luciano asintió.

-¿Por qué?

-Supongo que para empezar, si no hubiésemos ido a tocar esa tarde al ministerio, tú jamás te habrías enterado de nuestra existencia, ¿no?

-¿Quieres decir que te habría gustado ser famoso?

-No necesariamente. Mira, hablo por mí: no estoy tan seguro si me gustaría ser famoso o ganar un montón de dinero, probablemente no me opondría. Pero lo que de veras me provoca frustración, es cuando los críticos elogian a cualquiera que haga ruido, en cambio nosotros, que hacemos un número sutil y de buen gusto, estamos condenados al anonimato. Al menos, a mí me parece sutil y de buen gusto.

-A mí también me lo parece, aunque admito que no sé mucho de jazz. De todos modos, te ganas la vida haciendo lo que te gusta, ¿no?, eso difícilmente es un fracaso.

-Sí, eso compensa en parte. En esta época del año cuando estamos desempleados, a veces nos juntamos a tocar, por el placer de hacerlo; eso es bastante excitante. Pero igual me lastima, aunque lo admito solo ante ti, cuando algún crítico pedante nos despacha en un par de líneas, llamándonos músicos anónimos sin idea de “swing”.

-¿Qué es “swing”?

-Ah, ése es uno de los grandes misterios de la vida. Es el Santo Grial del jazz. Es lo que hace que el jazz sea jazz.

-Ya, pero aún no me has explicado en qué consiste.

-Es algo que tiene que ver con el ritmo. Mira: en la música clásica occidental, el pulso y la duración de las notas siempre se mantienen de manera constante; acaso ésa sea una de las razones por qué las mejores obras del canon transmiten una sensación de equilibrio y simetría. En cambio en el jazz, debido a sus raíces africanas, no existe para nada esa uniformidad: el pulso recae sobre la parte débil de un compás, y la extensión de las notas varía según el capricho personal del ejecutante. Ésa es la razón por qué el jazz suena fresco y vivaz, como algo que está siendo creado en el instante, producto de la improvisación de los ejecutantes.

-Eso no me suena para nada misterioso, puedo entenderlo.

-Sí, porque te lo expliqué en términos simples. El problema es que vas a encontrar tantas definiciones de “swing” como expertos se afanen en explicarlo, cada uno con su propia teoría enrevesada. Al final, con seguridad, no vas a comprender nada, lo que le da la razón a un célebre músico que alguna vez afirmó que el jazz podía aprenderse, pero no, enseñarse.

-Eso suena un poco como la vida, ¿no?

-¿En qué sentido?

-En que puedas vivirla, pero jamás, comprenderla.

-La vida no es jazz.

-Tampoco un tango.

-Quizás sea un poco de ambos. Aunque, personalmente, a veces me gustaría que fuera más como un bolero.

-¿Te gustan los boleros?

-Me encantan, quizás porque a mis papás les gustaban. Solían bailarlos cuando jóvenes.

-¿Echas de menos a tus papás?

-No, realmente. Eso sí, los recuerdo con cariño y gratitud. Pero ya habían cumplido su ciclo, después de haberlo dado todo por mí, sin muchos resultados concretos, pero ésa es otra historia. ¿Y qué hay de ti?, ¿echas de menos a los tuyos?

-“No me preguntes nada, que nada he de explicarte” –entonó Penélope, imitando la melodía del célebre bolero.

            No fueron boleros exactamente cuanto empezó a escucharse de fondo cerca de la medianoche. Como para esa hora gran parte de la asistencia ya se había retirado del tugurio –seguramente, a hacer lo suyo-, Luciano y Penélope, con algún par de sendos cocteles en el cuerpo, no encontraron nada mejor que ponerse a bailar acompasados a los sones del saxo de Coleman Hawkins.

-Antes me encantaba bailar vals –comentó Penélope.

-¿Por qué dices “me encantaba”?, ¿ya no?

-Hoy en día no hay muchos lugares donde se pueda bailarlo, ¿no? Crecí escuchando valses todos los días: mi papá sintonizaba un programa diario que había en la radio. Tal vez por eso aún me gustan. Pienso que un buen vals de Strauss lo tiene todo, o prácticamente todo: alegría, evocación, nostalgia, pasión, en fin.

-¿Bailabas con alguna pareja estable o los hombres desfilaban para pedirte una pieza?

-Es curioso, pero a esta altura solo estoy segura de haber bailado con tres, aunque de hecho lo hice con varios.

-¿Quiénes fueron los tres afortunados? Supongo que no fue con todos al mismo tiempo, ¿no?

            La mirada de Penélope pareció cobrar un brillo particular.

-El primero fue mi papá, quien me enseñó a bailarlo. Después vino mi hermano, cuando ya estaba adolescente. Y el último fue mi ex –marido, en nuestra noche de bodas, ¿puedes creer que también bailé el vals de los novios una noche?, a esta altura a mí se me hace difícil creer eso.

-¿Cómo recuerdas la época cuando estuviste casada?

IV

 Penélope se sonrió.

-No la recuerdo de ninguna manera en particular. Sucede algo curioso. A pesar de todo el tiempo transcurrido, no tengo una opinión definitiva sobre esa época. Desde luego, sé que fue muchas cosas: ilusión, alegría, excitación, desengaño (probablemente, desengaño más que otra cosa), en fin. Fue todo eso y más, y siento que de alguna extraña manera todo fue verdadero. Creo que excede mi capacidad,  o mi interés tal vez, intentar establecer en qué medida exacta fue cada cosa. A fin de cuentas, quizá sea cierto eso de que la vida está más allá de la comprensión. Yo al menos prefiero haber vivido esa experiencia a comprenderla, a pesar de todas las heridas que me dejó. Creo que de alguna manera no habría sido yo si me hubiese abstenido de dar ese paso por temor a resultar lastimada. Así que lo hice. Y terminé lastimada. Ésa sí soy yo.

-Para todo hay un tiempo bajo el sol, dice El Eclesiastés: un tiempo para llorar y un tiempo para reír.

-Sí, yo he llorado y también he reído. Aunque ahora último más bien se han reído de mí. Parece ser que el Destino me has escogido como su chiste favorito. Quizás era el tiempo de reírse de mí.

-¿Por qué el Destino querría reírse de ti?

-Ah, no sé. Sí sé que eso no es justo. Yo solo quería disfrutar de la vida y que los demás la disfrutaran conmigo. Por un tiempo así fue. O así pareció ser. Hasta que me dijeron: “Ahora tengo otros planes, y tú no entras en ellos”. A veces ni siquiera se molestaron en decirme nada.

            Luciano miró en silencio a su compañera de baile.

-Estoy seguro de que tú vales mucho más que todos esos que se han reído de ti.

-¿De veras sientes eso o lo dices para halagarme?

-Estoy frente a ti, y a pesar de todas tus heridas, te veo llena de entereza, con una dignidad formidable.

-Muchas gracias, aunque no sé si sea yo en este momento, he bebido mucho.

            Ambos sonrieron.

-En realidad no sé en qué medida aún pueda ser yo a esta altura; más bien creo que soy lo que queda de mí. Soy solo fragmentos –aseveró Penélope.

-Son unos fragmentos destellantes, en todo caso.

            Penélope cerró los ojos con expresión complacida.

-A veces la vida se vuelve oscura y pesada, como definitiva, -comentó Luciano- y a veces parece ligera, ensoñadora, como la brisa de primavera que sugiere que todo puede ser posible.

-Ahora estamos en invierno, así que es oscura y pesada –repuso Penélope, aún con los ojos cerrados.

            En ese momento cesó la música.

-¿Por qué no hacemos algo alucinante, algo primaveral, a pesar de ser invierno? –preguntó Luciano de improviso con cierta tensión en la mirada.

-¿Algo primaveral como qué?

-El próximo lunes será feriado, ¿no?, ¿por qué no nos juntamos el viernes en el terminal de buses, después de tu trabajo, y nos vamos a perder a algún lugar lejos de aquí?

-¿Me estás invitando a ir a perderme junto a ti?

            Luciano miró a la secretaria.

-A veces perdiéndose es cómo uno logra encontrarse, dijo un irlandés hace tiempo. A mí me parece una excelente idea. Es más: tiene toda la pinta de salir bien, porque es tirada de los pelos. Será pura improvisación, ¡como una pieza de jazz!

-Prefiero el vals.

-Entonces será como un vals vienés. Vamos, ¿qué dices?

            Penélope pareció confundida por unos instantes. Lo que se hace a oscuras no está destinado a ver la luz, respondió ella; debemos encontrarnos el sábado en la mañana, a las nueve a más tardar; hasta entonces, nada de llamados. Luciano estuvo de acuerdo.

            Cuando acababan de dar las nueve, el interior del terminal comenzó a aclararse a medida que se levantaba la niebla matinal, permitiendo el paso de unos tímidos rayos de sol. Un par de encargadas del aseo más uno que otro pasajero dormido al lado de sus bolsos, eran todo lo que Luciano podía contemplar a esa hora. El eco de los trenes acercándose y alejándose, proveniente del subterráneo, más el de puertas abriéndose y cerrándose, sin la familiar figura de Penélope por ningún lado, parecía dotar al lugar de una especie de insoldable soledad. Los terminales y las estaciones de trenes, también los aeropuertos, cuando lucen solitarios tienen una apariencia como fantasmal. Parece ser que tanta vida, tanta emoción concentrada en unos pocos metros durante unos instantes, es capaz de una u otra manera de dejar una especie de impronta en esos lugares. La separación de cercanos y seres queridos, sin certeza del retorno. La partida hacia un destino nuevo y desconocido, en busca de un futuro incierto. La angustiosa espera cuando la otra parte demora su llegada a ese viaje que nos llevará a una realidad de ensueño. El peso de todo ese tipo de recuerdos parece quedar retenido en esos lugares, y su voz, o su eco más bien, se vuelve más audible cuando los mismos yacen en soledad, tal como en esa mañana de invierno.

            En un abrir y cerrar de ojos dieron las nueve y cuarto; un par de trenes más tarde ya eran las nueve y media. Cada cierto intervalo más o menos regular se renovaba el escaso número de personas emergiendo desde el subterráneo hacia el interior del terminal, pero el ansiado rostro de la secretaria aún no aparecía entre ellas. Acaso se lo había pensado dos veces y definitivamente no vendría.

            A eso de veinte para las diez apareció Penélope, caminando con aire relajado, de impermeable oscuro, pañuelo al cuello y gafas para el improbable sol. A lo lejos se veía distraída y de talante ligero (¿tal vez porque habría estado bebiendo algo fuerte al desayuno?). Mirada más de cerca, sin embargo, la expresión de su figura y su rostro, perceptible a pesar de las gafas para el sol, parecía dar la idea de que estaba como desarmada, acaso intentando recomponer algo que sabía malogrado, con cierto aire de conmovedora fragilidad. Quizás, después de todo, puede que las gafas no fuesen tanto para el sol sino más bien para ocultar una mirada lagrimosa. Aun así, por su gracia y sencilla dignidad, tenía una especie de luz propia que la hacía destacar sin problemas entre la escasa gente circulando a esa hora; si el lugar hubiese estado más lleno, es probable que igual hubiese destacado. 

-¿Esto es juntarse a las nueve a más tardar? –protestó risueñamente Luciano-. Te he esperado tanto tiempo que me parece haber ingresado a otra dimensión. Mira: incluso apareció hasta Magic Johnson –agregó, señalando a un individuo escasamente atlético que pasaba por allí, vestido con la célebre remera número treinta y dos del legendario alero de Los Lakers.

            Sin alzar sus gafas, Penélope se abrazó a Luciano, quien, acaso confundido, tardó un instante en reaccionar, hasta rodearla con sus brazos tal si intentara protegerla, o retenerla. Entonces tras unos susurros, que nadie pudo oír, finalmente se encaminaron hacia una de las boleterías.

Fin

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