Quien cuenta cuentos salva al mundo

Me gustan los cuentos. Y creo, absolutamente, que los necesitamos para vivir, unir, amar.

No solo me gusta leerlos. Aunque suene de otra época, me gusta contar historias y me gusta escucharlas. Y lo mejor que me pasó cuando leía “Por qué contar cuentos en el siglo XXI”, de Andrés Montero (Casa Contada Editorial), fue que me convencí de que no estoy solo.

A lo largo de este ensayo leemos anécdotas. Una tras otra, todas sobre el valor del cuento, de relatarlos y de los cambios profundos que ocurren cuando lo hacemos. Como cuando un preso agradece por haber podido “salir un ratito de este lugar”; o cuando una anciana de 90 años con Alzheimer logra recordar versos de su infancia; o cuando una comunidad pide que siga el cuento mientras se escucha una balacera de fondo.

La acción de contar cuentos nos acompaña desde un principio de la humanidad. Desde las historias que relataban nuestros ancestros alrededor del fuego. Y soportó la invención de la imprenta, pues las capas populares de nuestra sociedad no fueron «capturadas» por la escritura. La frase rescatada por Andrés del folclorista español Antonio Rodríguez Almovódar: “el cuento tradicional es la resistencia poética del pueblo”, refleja este proceso que perdura hasta hoy.

En este ensayo leemos y casi podemos escuchar de fondo al narrador de un relato que nos recalca la importancia de lo esencial, y, sobre todo, de qué manera los cuentos y el arte de relatarlos es una forma de unirnos. De volver al colectivo. De juntarnos alrededor de la fogata, a tratar de reflexionar sobre qué significamos, como preguntó un niño en una sesión de cuentos.

¿Por qué resulta importante y necesario, contar cuentos? Porque nos hace más libres. Porque sí, son mágicos, y sí, también porque nos ayudan a mitigar nuestro dolor. Quien cuenta cuentos tiene a la vez de filósofo, de mago y de enfermero. Quien cuenta cuentos salva al mundo.