Recopilación textual de una tradición oral

El mismo Juan Andrés Piña menciona, en su introducción a “Mitos y leyendas del pueblo Mapuche”, lo que a su juicio es una de las principales razones para que narraciones, historias y rogativas de este pueblo se hayan logrado transmitir de generación en generación para llegar a nosotros: la solidez de su idioma, el mapudungun, consolidado en un extenso territorio y con escasas modificaciones hasta hoy.

Piña se dio a la tarea de compilar cerca de 50 de los relatos más importantes que se conservan de esta cultura. Narraciones que comparten el desafío de poner en papel una tradición que en un principio existía solo en forma oral, careciendo de escritura.

Por las líneas de este libro nos enteramos de las razones de la gran altura del pehuén, árbol enamorado de la luna; del origen del hermoso pueblo de Licanray, fruto del amor prohibido entre un español y una bella mapuche; de cómo los mapuches conocieron el fuego; de Nahuel Huapi, la ciudad del embrujo; y de múltiples historias que permanecen en el imaginario de la cosmogonía de este pueblo.

Dicha cosmogonía avanza en respuestas sobre nuestro pasado y sirve de para entender nuestro presente, a través de construcciones legendarias, simbólicas y míticas. Se aprecia, por cierto, la necesidad del ser humano de construirse una respuesta para concebir un orden, que permita dar respuesta al caos y al miedo a la incertidumbre. “Antes, mucho antes, no había tierra ni agua, ni plantas ni árboles, ni mares ni lagos. Todo era nada”.

En tiempos en que los seres humanos parecen estar huérfanos del pensamiento mítico, resaltan estos relatos que lo reflotan, así como el gusto irremplazable desde nuestro origen por las historias.

Este libro, fruto de la recopilación de Juan Andrés Piña y del trabajo editorial de Catalonia, viene a engrosar el esfuerzo efectuado por diversos actores para entender la tradición de este pueblo indígena originario, más allá de los titulares estridentes y los anuncios de caos que encontramos todos los días en los matutinos de la capital respecto de aquel hermoso territorio que lleva el nombre de Araucanía.

Y también recupera lo que nuestro premio nacional de Literatura Elicura Chihuailaf menciona en uno de los epígrafes de preámbulo al texto: “Sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras historias de árboles y piedras que dialogan entre sí, con los animales y con la gente…”