Singularidad científica y literaria

Me acuerdo cuando leí que era inclasificable. Y lo es.

El primer punto a favor de “Un verdor terrible”, de Benjamín Labatut (Anagrama, 2020), es su singularidad. Ni siquiera me atrevería a decir que es mitad ciencia mitad literatura, porque se trata de una mezcla maravillosa de relato que deambula por la vida de científicos que cambiaron el mundo, discutieron, filosofaron y, sobre todo, que vivieron en el siglo XX.

Cuando leí un comentario del libro supuse que sería difícil, enredado o aburrido para un sujeto que de ciencia poco y nada sabe, como yo. Todo lo contrario, el texto de Labatut atrapa desde un principio, popularizando con una simpleza admirable a genios de la ciencia y sus teorías, cada cual más compleja que otra.

Ahí radica también otra fuerza del relato: la genialidad de quienes el autor describe, interpela, cuestiona. Se trata de científicos cuya genialidad se ubica muchas veces en el justo límite de la locura perturbadora, fuerzas que transforman al mundo y su manera de enfrentar las preguntas esenciales.

Es un libro, por tanto, de metamorfosis, de cambios que hicieron girar al mundo y sentir en sus costillas la fuerza de dichas transformaciones. Es una narración que te provoca querer llegar rápido a su final, pues a ratos sientes que es un carrusel del cual te puedes caer en cualquier instante.

Por sobre todas las cosas, es un libro para fomentar la duda sobre el dogma, el cuestionamiento sobre las reglas. “¡Dios no juega a los dados con el universo!”, le grita Albert Einstein a Niels Bohr en cierta página de este relato. Y hasta eso lo puedes dudar.